Olivier

Eligió la calle como testigo silencioso de una ciudad que supo de piratas, dinastías y coronas, bombardeos y firme resistencia. 

Hoy, es protagonista de su propia historia; y un laberinto de calles medievales en Montpellier, su paraíso amurallado de voces ajenas e íntimos silencios. 

Olivier es mudo, solo pequeños bullicios son expulsados de su boca , y pienso que en la voz hace nido la tristeza.

Nadie sabe con certeza si ama, busca, teme o ensaya una vida que no fue. Es un no poder respirar, y el alma se expresa en el cuerpo. 

Así, tus manos siempre extendidas, Olivier.

La mayoría huye del silencio por el pánico que provoca, por miedo y espanto a escuchar(se). Bienaventurados los que no hacen del silencio una cárcel ni el nidal de las angustias, sino la lumbre que ilumina y gesta –estrepitosamente– hechos, palabras, encuentros…

Cada vez que alarga sus manos, Olivier describe el límite del agradecimiento y el punto final. Invita a callar, propone un nuevo lenguaje. Vuelvo sobre mis pasos, y busco en el mercado la fruta de estación.