Familia Castillo

Ramón perdió parte de su vista, hace ya algún tiempo, y con ella, trabajo y casa.

Pero algo peor –cuenta–, ya casi no puede ver su único capital, sus cuatro hijos. Y entonces ya no hubo futuro, esperanza ni consuelo al final del día para él.

Ahora solo imagina en ellos, y acierta, miradas de desconsuelo, de una vida arrebatada, de un desencanto demasiado prematuro.

Claudia siempre a su lado, y él lo sabe; se resigna a que sea solo ella quien empuje hacia adelante. 

Lo que queda de dignidad quiebra el relato. Pero no hay tiempo para la misericordia.

Aparece el llanto, el sueño, el hambre, el fastidio… Todos reclaman un poco de infancia en esa vida de adultos que se les impone vivir. La infancia de los desamparados siempre es más corta.

Ensayan una sonrisa tímida. Pienso (ruego) que la niñez pueda más que todo el espanto.